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Civilización minoica.

21 marzo 2009

Me gusta y llama mucho la atención el arte minoico. Quizás por su antigüedad y alabanza a los palacios. Quizás por la leyenda que encierra.

Como introducción, diré que la civilización minoica va desde el año 2000 al 1450 a.C. aproximadamente. Esta civilización se asienta sobre una isla del Egeo: Creta. Contaba con gran riqueza comercial y cultural debido a su estratégica posición tan cercana a la desarrollada cultura de Oriente Próximo.

Los minoicos se dedicaban a la agricultura, artesanía y pastoreo. Y, a pesar de lo antiguo de su civilización, eran realmente buenos en el trabajo de metal (joyas y bisutería) construían sepulcros y enterraban a sus muertos en tumbas comunes.

Una de las cosas que más me llama la atención es su propio nombre: Civilización Minoica. Esta denominación proviene de Minos, el rey de Creta en la leyenda ateniense del minotauro. Actualmente se cree que “minos” era una denominación común a todos los reyes cretenses.

Obviando esto, el tema del que trata mi trabajo es precisamente esta famosa leyenda, y su similitud con la realidad. Comenzaré por relatar el mito sacado de uno de mis libros infantiles: “El libro de los héroes para niños” que si bien no cuenta la leyenda al pie de la letra (tiene su final feliz con Ariadna, nada más lejos de la realidad) servirá para mi propósito.

Hace mucho tiempo, en la antigua Grecia, la ciudad de Atenas era víctima de una triste y brutal maldición. Cada siete años, un barco de negro velamen entraba en su puerto. El barco procedía de la isla de Creta, en la que gobernaba el rey Minos, el temido enemigo de los atenienses. Cada vez que venía, siete hombre y siete mujeres jóvenes de Atenas eran apresados y luego la nave volvía a partir con ellos. Una suerte terrible aguardaba a aquellos pobres cautivos cuando el barco llegaba a Creta, donde el rey Minos tenía una extraña prisión, una especie de rompecabezas llamado Laberinto. El lugar estaba lleno de oscuros caminos entrecruzados abiertos en la piedra maciza y en su interior vivía un monstruo espantoso llamado Minotauro. Este cuerpo tenía el cuerpo de hombre, pero la cabeza era como la de un toro y los dientes como los de un león, y devoraba todo aquello que se encontraba. La suerte de los jóvenes atenienses consistía en ser arrojados al interior del Laberinto para que se enfrentaran al terrible Minotauro.

Cada siete años el barco de negro velamen arribaba a Atenas y se llevaba a sus cautivos. Los atenienses no se atrevían a oponer resistencia, puesto que el rey Minos había declarado que si lo intentaban enviaría a su gran ejército a destruir la ciudad. Sin embargo, un año al llegar el terrible momento, un gran héroe subió junto con el grupo de prisioneros a borde del sombrío barco. Era Teseo, el príncipe de Atenas. […]

Cuando el barco llegó por fin a Creta, Teseo fue conducido con los demás a la presencia del rey Minos.

-¿Quién eres tú?- le preguntó éste con tono autoritario.

-Me llamo Teseo -respondió el héroe-. Soy hijo del rey de Atenas. He venido a pedirte que me permitas enfrentarme sólo al Minotauro. Si lo mato dejarás de molestar a los ciudadanos de Atenas. Si fracaso, mis compañeros entrarán detrás de mí en el Laberinto.

-El hijo del rey desea morir. -Minos soltó una carcajada-. Muy bien. Te enfrentarás con el Minotauro mañana.

Entonces sucedió que la propia hija de Minos, una joven juiciosa y de buen corazón llamada Ariadna, se fijó en la valentía que reflejaban los ojos de Teseo. Aquella noche pasó sigilosamente entre los guardias de su padre y entregó al príncipe un puñal.

-Esto te servirá de ayuda cuando te enfrentes con el Minotauro. No obstante, aunque seas lo bastante fuerte como para matar al monstruo, tendrás que encontrar la salida del laberinto, que tiene tantas vueltas y recodos que ni siquiera mi padre es capaz de orientarse en él. Por lo tanto, debes llevar esto. -Le puso en la mano un carrete de hilo de oro y le dijo que atase un extremo a una piedra en cuanto entrase en el laberinto.- Cuando estés listo para regresar el hilo te servirá de guía. […]

Teseo supo entonces que la quería.

A la mañana siguiente Teseo fue conducido al laberinto. […]

Los rugidos del minotauro se acercaban cada vez más. Ahora se oía el ruido de sus pasos. Teseo se agazapó en la oscuridad. Al ver una sombra en la penumbra, se levantó de un brinco y, echándose a un lado, arrojo un puñado de tierra a los ojos de la fiera, para más tarde clavarle un puñal en el cuerpo. El Minotauro se desplomó con gran estrépito. Después dejo de moverse.

[…]

Teseo sabía que le debía la vida y la libertad de su país a la valentía de Ariadna, y también que no podía partir sin ella. Hay quien dice que le pidió su mano a Minos y este se la entregó gustosamente. Otros aseguran que en el último momento Ariadna subió al barco sin que su padre lo advirtiera.”

Así, vemos que el lugar oscuro y tenebroso es el Laberinto. De hecho cuando actualmente uno oye la palabra, inmediatamente imagina su significado tétrico. Pues bien, los grandes palacios de los cuales la civilización minoica estaba tan orgullosa, bien podían tener una froma un tanto laberíntica debido a la inmensidad de su estructura.

Esta civilización, como ya he mencionado, estuvo dotada de gran riqueza y contó con un largo período de hegemonía en el mundo griego. Finalmente tuvo lugar su decadencia y pasado el tiempo, Atenas, “la vencedora”, tomó este puesto de poder. Así, Atenas creó esta leyenda perversa y despreciativa de la cultura minoica, donde el héroe ateniense Teseo, terminaba con la abominación minoica: el Minotauro. De este modo terminaban por devaluar a su adversario quedando en un puesto superior. Los vencedores son quienes escriben la historia y ésta habría sido bien distinta si la decadencia minoica no hubiese tenido lugar.

Los entonces laberínticos y grandiosos palacios, pasaron a ser un escenario bien distinto donde perderse y morir a manos de un monstruo. Un hombre con cabeza de toro, el animal sagrado de esta cultura. Sus juegos y sacrificios giraban en torno a este símbolo, que como tantos, los atenienses desprestigiaron.

Fresco del palacio de Knosos.

Fresco del palacio de Knosos.

Resto encontrado en las excabaciones de los palacios.

Cabeza de toro minoico. Excavaciones de los palacios

Para terminar, esta historia contemporánea que nos muestra la misma realidad de la leyenda, desde el otro punto de vista:

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que ho hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, cro, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madra; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprndiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distacciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suel, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensantgriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redeentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

Jorge Luis Borges, El Aleph, “La casa de Asterión”

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