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Poesía lírica romana. Ovidio. Tristia

14 diciembre 2009

Cuando se me representa la imagen de aquella tristísima noche que fue la última de mi permanencia en Roma, cuando de nuevo recuerdo la noche en que hube de abandonar tantas prendas queridas, aun ahora mis ojos se deshacen en raudales de llanto. Ya estaba a punto de amanecer el día en que César me ordenaba traspasar las fronteras de Ausonia; ni la disposición del espíritu ni el tiempo consentían los preparativos del viaje, y un profundo estupor paralizaba mis energías(…) Parto al fin, si aquello no era conducirme derecho al sepulcro, desaliñado y con el cabello revuelto sobre el hirsuto rostro.

Ovidio (43 a.C- 17 d.C)  es uno de los poetas líricos romanos por excelencia. Su obra así lo demuestra, pues supo recoger las influencias de sus predecesores, tomando de Catulo la temática amorosa, los impulsos del corazón, así como la intensidad de las pasiones. De Horacio asumiría su perfección estilística y formal; añadiendo a todo ello un sello personal y distintivo.

Fue un personaje independiente, un hombre de espíritu libre que nunca quiso sentirse vinculado a nada ni a nadie. El año 8 d.C marcaría un antes y un después tanto en su vida como en su obra. A los 51 años fue desterrado a Tomis por alguna razón que se desconoce, y una vez allí hizo todo lo posible por volver a Roma. Antes de este suceso, escribió Amores y Heroidas, ambas de tema amoroso y durante el destierro Tristia y Epistulae ex Ponto. Incluso tras la muerte de Augusto no le fue posible regresar a su ciudad y finalmente murió en el destierro. Aún así este periodo significó su consagración como poeta elegíaco.

El fragmento elegido pertenece a su obra Tristia, que consta de casi cien poemas escritos en dísticos elegíacos en los que lamenta su partida de Roma, donde ha dejado a familiares y amigos, y en los que  se hace patente la tristeza por vivir en una tierra salvaje y alejada de su refinada Roma. Se hace imposible no nombrar a poetas posteriores que al igual que Ovidio sufrieron la obligación de abandonar su país, aunque quizás por motivos muy diferentes. Así encontramos a poetas de la Generación del 98 como Antonio Machado, quien a pesar de no haber escrito desde el exilio a causa de su repentina muerte, publicó con anterioridad un poema llamado Retrato y en cuya estrofa final se refleja la semejanza con este poema de Ovidio.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.                             

Antonio Machado


Parto al fin, si aquello no era conducirme derecho al sepulcro, desaliñado y con el cabello revuelto sobre el hirsuto rostro.

Ovidio

La obra de Rafael Alberti, poeta de la Generación del 27, recuerda también a la poesía escrita por Ovidio después de su destierro, pues este poeta tuvo que trasladarse en primer lugar a París y más tarde a Chile y Argentina tras la derrota republicana en la Guerra Civil Española. Durante esta etapa escribe poemas como Por encima del mar, desde la orilla americana del Atlántico, un canto a la añoranza de su tierra.

Por encima del mar, desde la orilla
americana del Atlántico

¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,
hoy, junto a ti, metido en tus raíces,
hablarte como entonces,
como cuando descalzo por tus verdes orillas
iba a tu mar robándole caracoles y algas!

Bien lo merecería, yo sé que tú lo sabes,
por haberte llevado tantos años conmigo,
por haberte cantado casi todos los días,
llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso,
lo luminoso que me aconteciera.

Siénteme cerca, escúchame
igual que si mi nombre, si todo yo tangible,
proyectado en la cal hirviente de tus muros,
sobre tus farallones hundidos o en los huecos
de tus antiguas tumbas o en las olas te hablara.
Hoy tengo muchas cosas, muchas más que decirte.

Yo sé que lo lejano,
sí, que lo más lejano, aunque se llame
Mar de Solís o Río de la Plata,
no hace que los oídos
de tu siempre dispuesto corazón no me oigan.
Por encima del mar voy de nuevo a cantarte.

Rafael Alberti (1953)

A diferencia de Ovidio, quien jamás pudo volver a Roma, Alberti tras la muerte de Franco y después de más de cuarenta años de exilio, regresó a su tierra natal.

Lola Gracia

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La Ilíada. Canto VI, Coloquio de Héctor y Andrómaca.

9 noviembre 2009

 

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Héctor y Andrómaca. Cerámica griega

 

La despedida de Héctor y Andrómaca (Giorgio de Chirico 1917)

Despedida de Héctor y Andrómaca, Giorgio de Chirico, 1917

 

Los gladiadores

21 marzo 2009

El origen de los Gladiadores se remonta al siglo VI a.C cuando los milicianos etruscos luchaban entre sí para honrar a los difuntos de las clases influyentes de la sociedad. El término gladiador viene del latín gladius (espada), de ahí gladiator o portador de la espada. Con la llegada de la república romana, los gladiadores ya sólo eran hombres libres que luchaban a sueldo o esclavos, ladrones, prisioneros de guerra, condenados a muerte o condenados por graves delitos, que estaban obligados a luchar.

Con el tiempo, Roma decidió que tal ritual tradicional de origen etrusco debía incluirse en la vida social del pueblo, convirtiéndose en un espectáculo admirado por todo el mundo. Tenía lugar en los juegos públicos (Muneras) y comenzaron a organizarse como herramienta política propagandística.

Al grito de “¡Salve César, los que van a morir te saludan!” saludaban al emperador nada más entrar en la arena del anfiteatro. Con el transcurso del tiempo se unieron al espectáculo carros tirados por caballos que solían ser dirigidos por un auriga o conductor, y animales salvajes como leones, tigres, rinocerontes, leopardos, etc. Se crearon escuelas de entrenamientos y se crearon nuevos espectáculos. Roma así lo quería. Nada podía faltar en cualquier fiesta o conmemoración y por ello las escuelas se enriquecían más.

Dependiendo de las armas y métodos de lucha empleados, los gladiadores se dividían en dos clases, quienes contaban con armaduras ligeras y los que lo hacían con pesadas.

Según la tradición, cuando un gladiador había vencido a su oponente , la autoridad, guiada por los espectadores, indicaba con la posición de su dedo índice el destino del gladiador vencido en el combate. Si este índice se dirigía hacia el cielo, el derrotado conservaba su vida. Esta opción no era muy común. Si el dedo índice señalaba la yugular, se procedía a la ejecución del gladiador vencido introduciéndole la “espada costa” por el cuello en dirección al corazón.

Los gladiadores que obtenían gran éxito recibían una gran aclamación; eran ensalzados por los poetas, su retrato aparecía en joyas y jarrones, las damas patricias los mimaban y en los tiempos del Imperio recibían una cantidad de dinero. Cuando a un gladiador se le entregaba en premio una espada de madera, era señal de que se le autorizaba para abandonar la profesión de gladiador.

Los gladiadores que morían en la arena eran arrastrados al espoliario por los esclavos que estaban al servicio del anfiteatro, los cuales se valían de un garfio de hierro y los sacaban por la puerta llamada de la Muerte. Dicha puerta conducía al Spoliarium, dependencia del anfiteatro destinada a depositar los cadáveres para despojarlos de sus armas y vestiduras.

A lo largo de la historia, la valentía de los gladiadores ha sido representada tanto en la literatura, como en el cine. Así, podemos encontrar numerosas películas de gran relevancia ,como Espartaco, un esclavo culto, inteligente y justo que llevó a cabo la más grandiosa rebelión contra la Antigua República romana, Ben Hur, un aristócrata de Judea que durante el reinado del emperador romano Augusto es esclavizado a causa de la traición de su amigo romano Messala, o Gladiator, en la que su protagonista es capturado y esclavizado en Hispania y se convierte en gladiador llegando a desafiar al mismo emperador en el Coliseo. En estas tres películas los gladiadores se caracterizan, además de por su valentía y fortaleza, por su carácter carismático y sus ansias de libertad y justicia.

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En la literatura actual, también podemos encontrar diversas obras acerca de los gladiadores e incluso en la literatura infantil, como es el caso de Asterix gladiador, en el que los galos se embarcan en una de sus aventuras en el circo romano.

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Referentes de Catulo

15 febrero 2009

A lo largo de la historia, muchos poetas se han servido de la poesía de Catulo para crear su propia obra, incluyendo versiones de sus poemas o tratando sus mismos temas.De esta manera, podemos encontrar numerosos referentes de la obra de este autor en la poesía actual, pero la obra de Catulo no repercutió sólo en la poesía.A continuación vamos a ver cómo la obra de este poeta latino ha servido también de inspiración a grandes músicos como Carl Orff.

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Carl Orff fue un compositor alemán del Neoclasicismo musical que continuó con la corriente creada por Igor Stravinsky.Éste es sobre todo conocido por Carmina Burana, obra que se estrenó en Fráncfort del Meno en 1938. Se trata de una cantata perteneciente a una trilogía que  también incluía Catulli Carmina( 1943) y Trionfo di Afrodita en la que reflejaba su interés por la poesía grecolatina, pues la letra de los Catulli Carmina es obra de Catulo y Trionfo di Afrodita es una selección de textos de Catulo, Safo y Eurípides.

Estas dos partes de la trilogía y en particular Catulli Carmina, tratan los poemas de Catulo en los que muestra su amor por Lesbia, quien no corresponde con fidelidad al amor entregado por Catulo y finalmente  éste termina por rechazarla al contemplar todo el daño que ha sufrido. Esta obra contiene uno de los poemas más famosos y reconocidos de Catulo, Odi et amo, considerado uno de los mejores de su obra y que podemos escuchar a continuación.


Safo y Catulo

25 enero 2009

Safo de Lesbos fue una poetisa griega, que vivió entre los años 650 y 580 a.C .Su familia pertenecía a la oligarquía local y a lo largo de su vida se dedicó principalmente, a enseñar y escribir poesía. Safo, era una amante de la cultura y sobre todo de la libertad y aunque no existen muchos datos acerca de ella y de su obra, es considerada como una de las poetisas más sobresalientes de la poesía lírica griega. A partir de sus poemas, se suele deducir que Safo podía mantener relaciones amorosas con sus discípulas y crear para ellas poemas tan bellos como el que viene a continuación:

Me parece que es igual a los dioses

el hombre aquel que frente a tí se sienta,

y a tu lado absorto escucha mientras

dulcemente hablas

y encantadora sonríes. Lo que a mí

el corazón en el pecho me arrebata;

apenas te miro y entonces no puedo

decir ya palabra.

Al punto se me espesa la lengua

y de pronto un sutil fuego me corre

bajo la piel, por mis ojos nada veo,

los oídos me zumban,

me invade un frío sudor y toda entera

me estremezco, más que al hierba pálida

estoy, y apenas distante de la muerte

me siento, infeliz.

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La poesía de Safo sirvió posteriormente de inspiración a poetas latinos como Catulo, el cual, en su honor, utilizó el nombre de Lesbia para referirse a Clodia, su amada.

De la obra de Catulo se conservan 116 poemas, que se caracterizan por la diversidad en los temas que trata y la forma con la que es capaz de utilizar el lenguaje. Por un lado, puede ofrecernos una poesía de carácter vulgar, con la que consigue una humillación absoluta hacia quienes odia y también para expresar el resentimiento que siente hacia Clodia cuando más tarde lo abandona. Pero a su vez también es capaz de crear bellos poemas de amor, dedicados tanto a Lesbia (en su mayoría) como a Junvencio, con el que se supone que también pudo mantener una relación de amor. Pero en ello consiste la originalidad y riqueza de Catulo y la brillantez de sus poemas.

El poema 51 de la obra de Catulo está dedicado a Clodia y es una versión del poema anterior de Safo:

Aquél me parece igual a un dios,

aquél, si es posible, superior a los dioses,

quien sentado frente a ti sin cesar te

contempla y oye.

Tu dulce sonrisa; ello trastorna, desagraciado

de mí, todos mis sentidos: en cuanto te

miro, Lesbia, mi garganta queda

sin voz,

mi lengua se paraliza, sutil llama

recorre mis miembros, los dos oídos me

zumban con su propio tintineo y una doble noche

cubre mis ojos.

El ocio, Catulo; no te conviene,

con el ocio te apasionas y excitas demasiado

El ocio arruinó antes a reyes y

ciudades florecientes.