Archivo del autor

CARPE DIEM. Horacio

19 diciembre 2009
View this document on Scribd

Carmen Arjona

Anuncios

Súplica de Dido. Eneida

9 noviembre 2009

 

View this document on Scribd

 

Muerte de Dido (Reynolds)

Comentario 1,8 Amores, Ovidio.

7 mayo 2009
View this document on Scribd

Nada más comenzar el poema, Ovidio, mediante un apóstrofe, hace una llamada de atención al lector, animándolo a leer lo que él escribe. Igualmente, empieza ya por describir la personalidad de la protagonista de su poema, una mujer alcahueta que pasa las noches borracha.

Es en esta primera estrofa que el poeta describe la dedicación de la mujer, la cual parece conocer todo lo concerniente a la brujería, las hierbas y la magia en general. Así, podemos encontrarla identificada con la alcahueta renacentista de Fernando de Rojas.

En los primeros tres versos de la segunda estrofa, Ovidio, hace referencia a la imagen de las brujas que se tenía en su tiempo. Una imagen no muy distante de la actual: volar de noche y recubrirse de plumas.

Asimismo, el poeta, forma parte de la trama de la poesía, siendo él mismo uno de sus personajes. En el verso vigésimo, habla de la elocuencia en el hablar de la vieja, si bien a él tampoco le falta, pero podríamos entender que lo que quiere decir es que la elocuencia de la vieja provoca que todos crean lo que ella les cuenta, sin atender a su condición de bruja. Así pues, a partir de la tercera estrofa comienza aquello que la bruja le dice a la que podríamos considerar su pupila:

Aquí, Dipsas, la vieja, hace gala de su codicia al mencionar el hecho de la riqueza que puede hacerse en el caso de que la chica se enriquezca.

Es en la siguiente estrofa en la que la vieja alude al cambio de mes, la salida de Marte y la llegada de Venus, con un aparente conocimiento astrológico. Esto es algo que podemos ver claramente reflejado en los oráculos actuales, en los que te previenen sobre la importancia de los planetas y las estrellas. En este caso, la llegada de Venus, como diosa del Amor, trae según Dipsis un amante rico a la joven.

Cuando la vieja exclama “¡Es un rubor! Cierta vergüenza en una cara blanca queda bien” deja patente la belleza de la joven por el color de su clara tez, de acuerdo con los cánones de belleza de la época (siglo I a.C.-I d.C.) De igual modo será este el canon de la belleza del Renacimiento y Barroco, tal y como reflejan autores como Luis de Góngora:

“Mientras por menosprecio en medio el llano

Mira tu blanca frente el lilio bello …”

No es hasta muchos años después, que Coco Chanel, joven diseñadora francesa, introduce el gusto por el bronceado tan de moda actualmente.

Volviendo al poema, parece importante explicar a qué se refiere Ovidio al nombrar a las sabinas y decir que es Venus quien reina en la ciudad de su querido Eneas (querido, porque se dice que Eneas desciende de dicha diosa). Las sabinas, eran el prototipo de rudeza y castidad, y Tacio, también nombrado, fue un rey sabino. De este modo, lo que Ovidio quiere decir es que Marte está en el exterior, porque es allí donde se practica la guerra, mientras que es Venus quien reina en la urbe (el amor).

Más adelante, la alcahueta, pone el ejemplo de Penélope, ejemplo de castidad y fidelidad en el matrimonio de la mitología clásica. Sin embargo al hacer referencia al arco que usaba para probar a sus pretendientes, la alcahueta da a entender que el fin de Penélope no era evitar casarse con uno de los pretendientes por su incapacidad para tomar el arco, sino muy al contrario, comprobar su virilidad.

A continuación, Ovidio va a exponer el tema del Carpe Diem, retomado posteriormente por autores como Góngora o Quevedo, o, ya en la actualidad, por Manuel Vincent en su obra “León de ojos verdes”:

“En efecto, era muy bella la juventud, que sin embargo se va, quien quiera ser feliz, sepa que del mañana no hay certeza”.

A continuación, la vieja continúa hablando a la joven sobre el dinero que ésta podría ganar. Llega incluso a hablar acerca de los libertos, aconsejándola no dejarse llevar por su baja clase social, si poseen riquezas. Frente a esta recomendación, nos encontramos con tres tipos de amantes pobres a los que Dipsas replica contundentemente: El poeta (“Dime ese poeta tuyo / A no ser nuevos versos ¿Qué te da?”) , el noble (“No te embarquen tampoco las esfinges / de sus ancestros puestas por el atrio”), y el guapo (“¿Cómo? ¿Por qué sea guapo / va a pedir una noche sin pagarla?”)


Más adelante Dipsas continúa con sus útiles consejos, nombrando en cierto punto el tópico “parakalusithyron”: “Qué tu puerta sea sorda al que te ruega”.

Igualmente, la vieja recomienda a su discípula hacer teatro, y complacer al hombre de forma que no resulte difícil sacarle dinero: con amor disimulado, y lágrimas falsas dependiendo del caso.

Casi al final del poema, Dipsas habla de la necesidad de los celos y los rivales que hacen que el amor sea duradero, tema al que el propio Ovidio hace mención en muchos de sus poemas. Entre ellos, dedica uno de su obra Ars Amandi (Arte de amar) a este tema. El poema es el 2, 18, y se titula Con la infidelidad vuelve el amor.

Ya al final, Ovidio vuelve a aparecer en su propia obra, mostrando su odio a la vieja bruja, en forma de pensamientos violentos. Sin embargo no es hasta la última imprecación que el autor no le desea lo más cruel: debido a su condición de borrachina, una sed eterna privada de vino.

Desde la primera vez que lei el poema, el personaje de Dipsas me recordó al de la Celestina renacentista. Esto se debe a sus descripciones, tan similares:

Celestina: “llamándome hechicera, alcahueta, vieja falsa, barbuda, malhechora”.

Además, cabe destacar que el propio autor (Fernando de Rojas) pone al poeta latino en boca de uno de sus personajes:

Sempronio: “¡Oh, hideputa y qué trovador! El gran antipater Sidonio, el gran poeta Ovidio, los cuales de improviso se les venían las razones metrificadas a la boca, ¡Sí, sí, de esos es”.

Por último, este poema corresponde al motivo literario de praeceptor poeta, o poeta maestro. En el poema a comentar, el papel de “maestra” está en boca de la alcahueta, al igual que en Celestina, aunque el decenlace en ambos personajes sea diferente. En este poema, Ovidio tan sólo hace una imprecación a la alcahueta, mientras que en la Celestina, la fatal muerte de ésta culmina la trayectoria del personaje . Trágica, pero a la vez dinámica. En cambio el tono de ambas obras es totalmente diferente. Ovidio, tal y como hace a lo largo de toda su obra, describe tanto la conversación como sus sentimientos al respecto con un humor y una frivolidad características. En cambio Fernando de Rojas utiliza un tono mucho más profundo y ceremomioso.

Portada de La Celestina, fernando de Rojas.

Portada de La Celestina, Fernando de Rojas.

Portada de Amores, Ovidio. Ed. Alianza.

Civilización minoica.

21 marzo 2009

Me gusta y llama mucho la atención el arte minoico. Quizás por su antigüedad y alabanza a los palacios. Quizás por la leyenda que encierra.

Como introducción, diré que la civilización minoica va desde el año 2000 al 1450 a.C. aproximadamente. Esta civilización se asienta sobre una isla del Egeo: Creta. Contaba con gran riqueza comercial y cultural debido a su estratégica posición tan cercana a la desarrollada cultura de Oriente Próximo.

Los minoicos se dedicaban a la agricultura, artesanía y pastoreo. Y, a pesar de lo antiguo de su civilización, eran realmente buenos en el trabajo de metal (joyas y bisutería) construían sepulcros y enterraban a sus muertos en tumbas comunes.

Una de las cosas que más me llama la atención es su propio nombre: Civilización Minoica. Esta denominación proviene de Minos, el rey de Creta en la leyenda ateniense del minotauro. Actualmente se cree que “minos” era una denominación común a todos los reyes cretenses.

Obviando esto, el tema del que trata mi trabajo es precisamente esta famosa leyenda, y su similitud con la realidad. Comenzaré por relatar el mito sacado de uno de mis libros infantiles: “El libro de los héroes para niños” que si bien no cuenta la leyenda al pie de la letra (tiene su final feliz con Ariadna, nada más lejos de la realidad) servirá para mi propósito.

Hace mucho tiempo, en la antigua Grecia, la ciudad de Atenas era víctima de una triste y brutal maldición. Cada siete años, un barco de negro velamen entraba en su puerto. El barco procedía de la isla de Creta, en la que gobernaba el rey Minos, el temido enemigo de los atenienses. Cada vez que venía, siete hombre y siete mujeres jóvenes de Atenas eran apresados y luego la nave volvía a partir con ellos. Una suerte terrible aguardaba a aquellos pobres cautivos cuando el barco llegaba a Creta, donde el rey Minos tenía una extraña prisión, una especie de rompecabezas llamado Laberinto. El lugar estaba lleno de oscuros caminos entrecruzados abiertos en la piedra maciza y en su interior vivía un monstruo espantoso llamado Minotauro. Este cuerpo tenía el cuerpo de hombre, pero la cabeza era como la de un toro y los dientes como los de un león, y devoraba todo aquello que se encontraba. La suerte de los jóvenes atenienses consistía en ser arrojados al interior del Laberinto para que se enfrentaran al terrible Minotauro.

Cada siete años el barco de negro velamen arribaba a Atenas y se llevaba a sus cautivos. Los atenienses no se atrevían a oponer resistencia, puesto que el rey Minos había declarado que si lo intentaban enviaría a su gran ejército a destruir la ciudad. Sin embargo, un año al llegar el terrible momento, un gran héroe subió junto con el grupo de prisioneros a borde del sombrío barco. Era Teseo, el príncipe de Atenas. […]

Cuando el barco llegó por fin a Creta, Teseo fue conducido con los demás a la presencia del rey Minos.

-¿Quién eres tú?- le preguntó éste con tono autoritario.

-Me llamo Teseo -respondió el héroe-. Soy hijo del rey de Atenas. He venido a pedirte que me permitas enfrentarme sólo al Minotauro. Si lo mato dejarás de molestar a los ciudadanos de Atenas. Si fracaso, mis compañeros entrarán detrás de mí en el Laberinto.

-El hijo del rey desea morir. -Minos soltó una carcajada-. Muy bien. Te enfrentarás con el Minotauro mañana.

Entonces sucedió que la propia hija de Minos, una joven juiciosa y de buen corazón llamada Ariadna, se fijó en la valentía que reflejaban los ojos de Teseo. Aquella noche pasó sigilosamente entre los guardias de su padre y entregó al príncipe un puñal.

-Esto te servirá de ayuda cuando te enfrentes con el Minotauro. No obstante, aunque seas lo bastante fuerte como para matar al monstruo, tendrás que encontrar la salida del laberinto, que tiene tantas vueltas y recodos que ni siquiera mi padre es capaz de orientarse en él. Por lo tanto, debes llevar esto. -Le puso en la mano un carrete de hilo de oro y le dijo que atase un extremo a una piedra en cuanto entrase en el laberinto.- Cuando estés listo para regresar el hilo te servirá de guía. […]

Teseo supo entonces que la quería.

A la mañana siguiente Teseo fue conducido al laberinto. […]

Los rugidos del minotauro se acercaban cada vez más. Ahora se oía el ruido de sus pasos. Teseo se agazapó en la oscuridad. Al ver una sombra en la penumbra, se levantó de un brinco y, echándose a un lado, arrojo un puñado de tierra a los ojos de la fiera, para más tarde clavarle un puñal en el cuerpo. El Minotauro se desplomó con gran estrépito. Después dejo de moverse.

[…]

Teseo sabía que le debía la vida y la libertad de su país a la valentía de Ariadna, y también que no podía partir sin ella. Hay quien dice que le pidió su mano a Minos y este se la entregó gustosamente. Otros aseguran que en el último momento Ariadna subió al barco sin que su padre lo advirtiera.”

Así, vemos que el lugar oscuro y tenebroso es el Laberinto. De hecho cuando actualmente uno oye la palabra, inmediatamente imagina su significado tétrico. Pues bien, los grandes palacios de los cuales la civilización minoica estaba tan orgullosa, bien podían tener una froma un tanto laberíntica debido a la inmensidad de su estructura.

Esta civilización, como ya he mencionado, estuvo dotada de gran riqueza y contó con un largo período de hegemonía en el mundo griego. Finalmente tuvo lugar su decadencia y pasado el tiempo, Atenas, “la vencedora”, tomó este puesto de poder. Así, Atenas creó esta leyenda perversa y despreciativa de la cultura minoica, donde el héroe ateniense Teseo, terminaba con la abominación minoica: el Minotauro. De este modo terminaban por devaluar a su adversario quedando en un puesto superior. Los vencedores son quienes escriben la historia y ésta habría sido bien distinta si la decadencia minoica no hubiese tenido lugar.

Los entonces laberínticos y grandiosos palacios, pasaron a ser un escenario bien distinto donde perderse y morir a manos de un monstruo. Un hombre con cabeza de toro, el animal sagrado de esta cultura. Sus juegos y sacrificios giraban en torno a este símbolo, que como tantos, los atenienses desprestigiaron.

Fresco del palacio de Knosos.

Fresco del palacio de Knosos.

Resto encontrado en las excabaciones de los palacios.

Cabeza de toro minoico. Excavaciones de los palacios

Para terminar, esta historia contemporánea que nos muestra la misma realidad de la leyenda, desde el otro punto de vista:

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que ho hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, cro, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madra; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprndiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distacciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suel, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensantgriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redeentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

Jorge Luis Borges, El Aleph, “La casa de Asterión”

Referentes de Catulo.

7 febrero 2009

Actualmente, es sencillo encontrar cientos de referentes, imitaciones o menciones a Catulo a lo largo de la historia.

Con el Renacimiento, al volver a nacer la literatura grecorromana, autores como Cristóbal de Castillejo, crearon un poema amoroso en honor al poeta latino del s.I a.C. Esto es posible debido a la actualidad de sus temas, al fin y al cabo, el amor es el tema a elegir por excelencia.

También escritores tan importantes como Quevedo, lo nombran en sus cartas. Así, cuando Quevedo se vio recluido en un monasterio, dedicado a la lectura, escribe la Carta moral e instructiva a su amigo, Adán de la Parra, pintándole por horas su prisión y la vida que en ella hacía:

Desde las diez a las once rezo algunas devociones, y desde esta hora a la de las doce leo en buenos y malos autores; porque no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena, como ni algún lunar el de mejor nota. Catulo tiene sus errores, Marcus Fabius Quintilianus sus arrogancias, Cicerón algún absurdo, Séneca bastante confusión; y en fin, Homero sus cegueras, y el satírico Juvenal sus desbarros; sin que le falten a Egecias algunos conceptos, a Sidonio medianas sutilezas, a Ennodio acierto en algunas comparaciones, y a Aristarco, con ser tan insulsísimo, propiedad en bastantes ejemplos. De unos y de otros procuro aprovecharme de los malos para no seguirlos, y de los buenos para procurar imitarlos.

De todas formas, aquí nos centraremos en el estudio de Catulo en Pedro Salinas, célebre autor de la Generación del 27.

Es fácil llegar a la conclusión de que Pedro Salinas leyó a Catulo en su juventud, probablemente en latín. Entre ambos poetas median veinte siglos de tradición.

Para comenzar, veremos ambos poemas, y sacaremos sus puntos comunes:

Viuamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis.
Soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit breuis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
Dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut nequis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.

¡Sí, todo con exceso:

la luz, la vida, el mar!
Plural, todo plural,
Pedro Salinas, escritor de la generación del 27.

Pedro Salinas, escritor de la generación
del 27.

luces, vidas y mares.
A subir, a ascender

de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repetición sin fin,
de tu amor, unidad.
tablas, plumas y máquinas,
todo a multiplicar,
caricia por caricia,
abrazo por volcán.
Hay que contar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos será el último;
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar,
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras,
sin poder calcular
ni el tiempo ni los besos.
Y al otro lado ya
de cómputos, de sinos,
entregarnos a ciegas
-¡exceso, qué penúltimo-!
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente
está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
“Eso no es nada, aún.
Buscaos bien, hay más”

Podría pensarse que las ideas son similares en ambos poetas sin que uno imite o emule al otro deliberadamente; los paralelismos se deberían entones a mera coincidencia, a necesidades expresivas semejantes. Sin embrago en ambos están presentes los números, la progresión numérica por suma (Catulo) o por multiplicación (Salinas) referida a los besos de aquel y a los diversos gestos de amor (caricias, abrazos, besos) en este.

En los dos, las operaciones aritméticas son grandes cantidades que sirven para expresar un amor inmenso. De igual modo, la ruptura de las cuentas está presente en ambos poemas, en un afán compartido por alcanzar un amor ilimitado.

Si bien, también es cierto, que Catulo nombra a Lesbia en el primer verso, mientras que Salinas no nombra a su amada, pero en una de las primeras “secuencias” de júbilo, exclama el poeta: Me iré, me iré con ella / a amarnos, a vivir.

Por otra parte, tampoco están presentes en el autor del 27, las amenazas que acechan a los amantes en Catulo, los rumores de los viejos ni el carácter ineludible de la muerte. En Salinas adquiere, por el contrario, mayor importancia el arrebato amoroso que se lanza si contenerse hacia lo infinito.

También en Catulo, encontramos la vida asociada a la luz y al sol, la muerte a la noche. En su poema, los amantes triunfan momentáneamente sobre el tiempo.

En la composición de Salinas, si bien el amor no se introduce al inicio de la composición, sí lo hacen la luz y la vida, que exige en exceso, en plural: luces, vidas y mares. Luces en plural, como los soles de Catulo. El mar, en cambio en un elemento nuevo muy típico de Pedro Salinas.

Éste último, no evoca la muerte, como Catulo, sino que se queda en la vida y en sus aspectos más brillantes y explosivos.

Por último, decir que Catulo se muestra consciente en numerosas ocasiones de que su pasión rompe con lo establecido, con las convenciones sociales. Algo similar ocurría con el amor del poeta hispánico, que determinó que Pedro Salinas se aproximara por momentos a la poesía de Catulo, sin perder su estilo innovador.

Así en Salinas se muestra el anhelo, tras el encuentro amoroso, de situarse en un mundo nuevo, que comienza con la abolición del antiguo. La amada llega como un vendaval destruyendo “murallas, nombres, tiempos”

Enterraré los nombres, los rótulos, la historia

Iré rompiendo todo

Lo que encima me echaron

Desde antes de nacer.